Cada año, a finales de enero, las calles de Olula del Río (Almería) se convierten en un espectáculo único donde el fuego, la pólvora y el pan se mezclan con devoción, fiesta y sentido comunitario. Las tradicionales fiestas de “Roscos y Carretillas”, en honor a San Sebastián y San Ildefonso, son hoy uno de los eventos más emblemáticos del Valle del Almanzora, declaradas de Interés Turístico de Andalucía por su antigüedad, arraigo y singularidad.
Origen histórico
Las raíces de esta celebración se remontan al siglo XVI y especialmente al XVII, cuando la población de Olula del Río fue repoblada por cristianos provenientes del Levante español, tras la expulsión de los moriscos. Estos repobladores trajeron consigo costumbres festivas relacionadas con el fuego y los artefactos pirotécnicos, que con el tiempo se fusionaron con el calendario festivo católico local.
San Sebastián fue proclamado patrón del pueblo en 1568, impulsado por la devoción que tenía Don Juan de Austria, mientras que San Ildefonso se incorporó al culto unos años después, en 1666.
¿Por qué carretillas?
La “carretilla” no es un vehículo, sino un artefacto pirotécnico tradicional: un cilindro lleno de pólvora que, al encenderse, gira lanzando chispas y luces en medio de la noche. Las tiradas de carretillas se celebran en las vísperas de la fiesta (19 y 22 de enero): vecinos y visitantes recorren las calles cubiertos y protegidos mientras encienden miles de estos artefactos, manteniendo viva una costumbre que combina celebración, adrenalina y sentido comunitario.
Este uso de pólvora y fuego tiene su origen en las costumbres mediterráneas y levantinas traídas por quienes repoblaron Olula; se ha sugerido que recuerda rituales de purificación y renovación propios del solsticio de invierno, adaptados al calendario cristiano.
¿Y los roscos?
El segundo elemento protagonista de la fiesta es el rosco, un pan o dulce que se lanza desde balcones y ventanas al paso de las procesiones del 20 y 23 de enero. Este “arrojar roscos” tiene varias interpretaciones posibles:
- Se entiende como un gesto de generosidad y agradecimiento por las cosechas, compartiendo alimento durante la fiesta.
- Otros lo relacionan con la costumbre —en tiempos de penurias— de repartir pan desde las casas a los vecinos, como forma de ayudar y mantener la comunión en la comunidad.
- Algunos cronistas sitúan datos sobre la práctica de arrojar roscos como pago de promesas por el fin de epidemias en el siglo XVIII.
Durante la procesión, los devotos intentan atrapar los roscos al vuelo, y es común ver cómo se atan a la cintura con la ropa o incluso con mantas para poder guardarlos y llevarse a casa un pedazo de esta festividad.
Una fiesta viva
Hoy estas fiestas combinan lo religioso y lo laico: la devoción a los patrones, el ritual del fuego y la pólvora, la hermandad vecinal en torno a las “lumbres” y la fiesta gastronómica, y la alegría de ver caer roscos desde los balcones. Miles de personas —tanto locales como visitantes— se reúnen en Olula cada año para vivir esta tradición que, más que una vestigio histórico, sigue siendo un símbolo de identidad local.


